martes, 26 de diciembre de 2017

PRÓLOGO AL LIBRO "EL SOCIALISMO DEL SIGLO XIX" DE JULIÁN VADILLO

PRÓLOGO. (He escrito este prólogo al libro "El socialismo del siglo XIX", de Julián Vadillo, editado por Queimada Ediciones.



¿Cuál es el impactante hilo rojo que une, a través de más un siglo, a los ludditas, los cartistas londinenses, Babeuf y su Conspiración de los Iguales y los famosos barbudos Karl Marx y Mijail Bakunin? ¿Qué vino después de la carcajada punzante de Rabelais, la bondad plenipotenciaria de William Godwin o la armónica vida natural de los falansterios?
                Julián Vadillo nos describe en este vibrante libro el nacimiento de un fantasma, el famoso viejo topo, uno de los fundamentales movimientos de masas de los últimos siglos: el socialismo, en todas sus vertientes. La base ideológica del movimiento obrero. El discurso esencial de todos los proyectos de transformación social que han marcado las últimas centurias.
                Desde la fascinación por los avances de la industria de los saint-simonianos, al gusto  por la destrucción creativa de los bakuninistas; del Auguste Blanqui, usuario impenitente de las cárceles monárquicas y conspirador vanguardista y violento, al Humanisferio de Jospeh Dejacque, que clamaba en sus primeras páginas: “Este libro no es una obra literaria, es una obra infernal, es el clamor de un esclavo rebelde”. Vadillo, tenaz, sabio y riguroso, nos enseña cómo todas las herejías confluyeron finalmente en este pálpito masivo por la liberación humana que aún se nos aparece en nuestras plazas de ensueños y de esperanzas.
                El socialismo, que hunde sus raíces en el pensamiento utópico del Renacimiento, en los “hombres peligrosos” de la Ilustración, y en esa gran conmoción social que representó la Revolución Francesa, pistoletazo de salida de la idea misma de transformación social a gran escala, de cambio acelerado de la vida cotidiana. Lo que Vadillo nos describe es el trayecto insomne de las utopías de Tomás Moro y los escritos de Campanella, pasando por las novelas subversivas de Diderot o las diatribas ateas de Helvetius, a las gloriosas jornadas del Paris insurrecto, donde hebertistas y babuvistas abrían la senda que, al poco tiempo, transitaría el movimiento obrero revolucionario.
                La utopía, la proclama y la insurrección, se dan cita en este libro, que nos dibuja con frescura y precisión la deriva que llevó desde las ruinas desgastadas del Antiguo Régimen a las banderas rojas ondeando sobre la Comuna de París, en 1871. Esa Comuna que fue, tanto para Marx como para Bakunin, el ejemplo más acabado de democracia obrera jamás convertido en realidad.
                Un libro, además, de mi amigo Julián Vadillo. Historiador riguroso, erudito sabio e inteligente, magnífico orador (recomiendo encarecidamente a los lectores que acudan a las presentaciones en vivo de este magnífico libro) que sabe escribir para quienes escribían sus biografiados: los explotados y oprimidos, los trabajadores, los militantes, los que, en definitiva, buscan y aún no han encontrado, una salida a las injusticias y los sufrimientos que el capitalismo no ha dejado de imponernos en los últimos siglos.
                Vadillo nos narra, también, la puesta en marcha de la Asociación Internacional de los Trabajadores, la llamada Primera Internacional, donde se dieron cita proudhonianos, republicanos radicales, marxistas y bakuninistas, sindicalistas y obreros revolucionarios. Un intento frustrado por crear una gran organización transnacional del proletariado que permitiese construir un contrapoder efectivo al despliegue del naciente mercado mundial capitalista, así como impedir los vértigos geopolíticos que tantas veces han hundido los proyectos de transformación social anegándolos bajo el manto feroz del nacionalismo y la xenofobia.
                Una Internacional que acaba mal, pese a ser toda una promesa de futuro. El enfrentamiento fratricida entre marxistas y bakuninistas hará girar el futuro del socialismo hacia una historia de corrientes enfrentadas, de odios cainitas. Estos dos geniales y endiablados barbudos decimonónicos (Marx y Bakunin) marcarán para siempre con sus enormes personalidades el futuro del movimiento obrero, el largo trayecto de sus avances y retrocesos, de sus victorias y derrotas, así como de sus posibilidades y potencialidades. Su convulsa y vibrante búsqueda de nuevos horizontes de justicia social y libertad  para la especie humana.
                Esta es, pues,  la historia del nacimiento del socialismo, con un especial hincapié en su vertiente más maltratada en la historiografía: el socialismo antiautoritario y antiestatal. Pero, aunque algunos piensen otra cosa, hay algo que merece la pena dejar claro desde el principio: no es la historia de un cadáver, no es un simple rebuscar en el pasado sin intención ni pasión. El socialismo sigue ahí, aún traicionado en las siglas de partidos que ya no lo anhelan ni lo construyen, aún negado una y cien veces por los intelectuales orgánicos de un sistema profundamente autoritario y basado en la injusticia. El socialismo sigue ahí en las luchas obreras en curso en todo el mundo, en las nuevas utopías que se expanden desde proyectos de vida en común, de acción social sin intermediarios, de lucha de clases sin conciliación ni mediaciones. El socialismo se apunta aún tras la toma de fábricas recuperadas, la conformación de cooperativas honestas y coherentes (la nueva cosecha owenita), el sindicalismo autónomo y combativo, la ocupación de viviendas para la invención de nuevas formas de vida colectiva (tras el rastro, consciente o inconscientemente de fourieristas y cabetianos). El socialismo bien entendido es el sueño radiante de una humanidad que aún no ha dejado de buscarse a sí misma.
                El movimiento libertario puede, también, buscarse a sí mismo gracias a libros como este, que nos recuerdan que su génesis no está en la pulsión de la repetición o de la vuelta atrás, en las ideas reaccionarias del suelo o de la sangre, en la metafísica o en la superstición, sino en la voluntad absorbente y vital de quienes buscaban nuevos caminos, sendas inéditas, aún a riesgo de perderse entre riscos y montañas abruptas, donde la realidad se vuelve abrasadora y el mundo inhóspito para los que luchan y viven en plena insurgencia. “Se abrirán amplias avenidas”, decía Allende en su momento, “por las que transite el hombre nuevo”. Esa pulsión, precisamente: construir una forma de vida enteramente nueva, que deje atrás el horror y la injusticia del capitalismo, y la estrechez y angustia de las involuciones sociales, es la que late y palpita tras el proyecto libertario tal y como se gestó, en medio de convulsiones y luchas feroces. Abrir las amplias avenidas que permitan inventar desde el principio las nuevas formas de amarnos, trabajar y vivir en común.
                Los personajes de este libro, en su mayoría, pagaron también un alto precio por su insurgencia, por su voluntad subversiva. Esta es también una historia de cárceles, de represión, de exilios forzados, de sufrimientos. El alto precio que se paga por querer vivir más allá de lo que vive el rebaño a punto de ser trasquilado. Generaciones posteriores pagarían también un enorme tributo por ese sueño feroz de la fraternidad humana, por esa idea abrasadora de que todo puede cambiar de golpe. Y lo podemos cambiar nosotros. De que la servidumbre voluntaria no es el único camino, porque también existe la insurgencia consciente y la lucha por la justicia. Un tributo que hemos de agradecer quienes, gracias a ello, vivimos hoy en un mundo que aún no es plena distopía sino lucha abierta entre posibilidades.
                Porque este es un libro sobre gestos sublimes y grandes personajes. Hemos de recordar, con Michel Onfray y su “Política del rebelde” que:
                “Sublime es lo que supone el salto y el peligro, lo que apela a la fuerza y a la agilidad; que sublime es lo que pone en peligro y exige la sujeción de uno mismo; que sublimes son la vitalidad del artista y la dinámica de su inspiración, el torrente de la pasión y la potencia de lo que desequilibra, lo que hunde en el entusiasmo y se apodera de un cuerpo para transfigurarlo, para metamorfosearlo (…)Allí donde se prefiere las alturas a los valles, las cimas secas y abrasadoras a las húmedas anfractuosidades, allí está lo sublime. La acción, entonces, y las fuerzas que la hacen posible, es lo que da a esta mística de izquierda la potencia y la posibilidad de encarnarse en una forma libertaria.”
                La acción, pues. Ese vértigo que, desde los barrios y clubes del Paris insurrecto, marcó todo el siglo XIX y el XX en el crisol de un movimiento obrero que quería convertir en realidad los sueños y visiones de las familias más oscuras y prohibidas de los pensadores del Renacimiento y la Ilustración. Y, de fondo, tras el fragor de las generaciones de luchadores, tras sus tormentos y victorias, la carcajada de Rabelais. Para recordarnos que también existe el sentimiento de plenitud, la muy corporal descarga de la vitalidad humana cuando se siente libre.
                “Nada os debo, debéisme cuanto he escrito”, decía Machado. A Julián Vadillo le debemos este libro, que nos recuerda como la humanidad es capaz de alzar la mirada y luchar, en medio del lodazal.


                José Luis Carretero Miramar.





               


sábado, 9 de diciembre de 2017

La democracia en el trabajo: cooperativismo y Autogestión

Curso
CON EL SUDOR DE TU FRENTE
La crisis del trabajo asalariado y la transición al postcapitalismo
SESION 3. La democracia en el trabajo: cooperativismo y autogestión
Introduce: José Luis Carretero (Instituto de Ciencias Económicas y Autogestión)
Si hay un lugar de nuestra sociedad caracterizado por la falta de democracia, la subordinación y el poder, ese es la empresa capitalista. Frente a ésta, la rica tradición cooperativista ha apostado por la organización democrática del trabajo. Por un lado, en España existen actualmente muy diversos modelos que, en conjunto, suman 43.000 cooperativas que emplean a dos millones de trabajadores, entre las que destacan proyectos como la Cooperativa Integral Catalana o la potencia (y contradicciones) del cooperativismo vasco. Por otro lado, existe una larga tradición de proyectos económicos cooperativos en un sentido más amplio: las empresas asamblearias, las fábricas recuperadas autogestionadas —como son conocidas en Argentina—, los terrenos ocupados para la producción agrícola —por ejemplo, del SAT andaluz—, las Zonas-A-Defender en Francia o las ecoaldeas como Lakabe (Navarra). Así, en esta sesión lanzamos algunas preguntas como: ¿es la cooperación democrática compatible con la actual hiperespecialización y división del trabajo? ¿Cómo puede resistir la democracia interna de las cooperativas a la constante presión de la competencia del mercado? ¿Qué experiencias significativas conocemos en las que se ha aplicado la autogestión de una manera más profunda? En definitiva, ¿qué viabilidad tienen estos proyectos como alternativa a la producción capitalista y la gestión empresarial dominante? Para todo ello, nos acompañará José Luis Carretero, del Instituto de Ciencias Económicas y Autogestión.


Los fondos buitre, contra el derecho a la vivienda.

                LOS FONDOS BUITRES,  CONTRA EL DERECHO A LA VIVIENDA.



                El fondo norteamericano Blakcstone compra 4.500 pisos en alquiler del Banco Sabadell. Valorados en 450 millones de euros, se trata de la mayor adquisición en bloque de viviendas de la banca realizada en los últimos años, nos explicaba el periódico económico Expansión en enero de 2016.
El fondo de inversión holandés DIF ha comprado el Hospital Puerta de Hierro y el británico Aberdeen el de Arganda y, parcialmente, los de Parla y el Henares (Coslada). Todos  ellos son hospitales público-privados del modelo PFI . Ambos fondos quieren repetir el pelotazo del fondo de inversión CVC que vendió el Grupo Quirón a la multinacional Fresenius por casi 6.000 millones de euros (este grupo tiene 4 hospitales privatizados de Madrid,  el Infanta Elena-Valdemoro, Fundación Jiménez Díaz, el Rey Juan Carlos de Móstoles y el de Villalba). Así nos los cuenta la Coordinadora Antiprivatización de la Sanidad de Madrid (CAS-Madrid) en uno de sus últimos comunicados.
                La creciente penetración de los fondos de inversión internacionales en la economía española ha venido, en los últimos años, de la mano de la enorme crisis sufrida por España, que ha abaratado enormemente los activos; y del proceso de privatización y mercantilización de los bienes y servicios públicos, que ha sacado al mercado auténticas “gangas”.  El emergente poder de los fondos en el accionariado de las empresas del Ibex 35 queda de manifiesto si nos centramos en las cifras de uno de los más poderosos:  Black Rock.
Black Rock es la  mayor gestora de fondos del mundo, con 5,1 billones de dólares en activos bajo gestión (4,7 billones de euros). Tiene presencia  en todas las empresas del Ibex 35, donde controla un 3,7%, una participación que a precios de mercado supera los 18.000 millones de euros. El sector financiero es uno de los favoritos de BlackRock. La firma es propietaria de acciones de Popular, Sabadell, Bankia, Bankinter , CaixaBank  y Santander. Pero por encima de todas ellas destaca BBVA.
La  penetración de los fondos en nuestra economía no se acaba en el Ibex 35: gran parte de las ventas de vivienda y suelo de la Sareb se han realizado a fondos internacionales como Blackstone o Lone Star, que también se han hecho con grandes promociones inmobiliarias de la banca privada, así como con hospitales, empresas de renovables y emprendimientos de muchos otros sectores.
Destaca, por sus directos efectos sobre la ciudadanía afectada, la intervención de los llamados “fondos buitres”, dedicados a adquirir vivienda pública, deuda de las administraciones  o activos con problemas, y a rentabilizarlos por la vía de su mercantilización extrema, expulsando a los habitantes originales de las viviendas o evitando entrar en las reestructuraciones de la deuda pública, para demandar posteriormente a los Estados en crisis.
La Comunidad de Madrid, por ejemplo,  subastaba hace pocos años casi 3000 viviendas públicas que iban a parar a EnCasaCibeles, una empresa participada principalmente por Azora, un fondo de inversión en patrimonio inmobiliario, participado a su vez en un 98 % por Goldman Sachs. Asimismo, el ayuntamiento de la capital vendía otras 1860 viviendas públicas protegidas a Magic Real Estate-Blackstone, por 128,5 millones de euros. Ambas operaciones se encuentran en los tribunales penales por lo irregular de las concesiones y lo exiguo de lo pagado por un negocio con patrimonio público, que permitiría a Azora, por ejemplo, obtener unos beneficios del 211 %
                Los perjuicios derivados del negocio para los inquilinos de EncasaCibeles fueron inmediatos: cobro del IBI, pérdida de  ayudas sociales imprescindibles para personas en situación de exclusión social, desaparición de las Juntas de Vecinos, abandono de los pisos, aparición de delincuentes que ocupaban los pisos vacíos ante la pasividad de la nueva administración, desahucios exprés, obligación de ejercitar la opción de compra por precios exorbitantes (acordados en lo más alto de la burbuja)…Recordemos que se trata  de inquilinos de viviendas de protección oficial, que acreditaron, precisamente, su ausencia de recursos para obtener sus alquileres.
                Azora tiene otras 300 viviendas públicas en Barcelona. Fundada en 2003, gestiona más de 3000 millones de euros. Su presidente es Juan del Rivero, que ha trabajado 23 años para Goldman Sachs (de hecho fue el primer español en ser nombrado “partner” de esta empresa global de inversiones). También tiene un alto cargo en Omega Capital, el “family office” de Alicia Koplowitz, y, según los medios, tuvo un gran papel en la ola de privatizaciones de las últimas décadas, tanto con los gobiernos del PP como con los del PSOE. Los proyectos de Telefónica y Repsol pasaron por sus manos. Fue uno de los grandes introductores de la banca de inversión en España e intervino en la primera titulización de créditos hipotecarios realizada en nuestro Estado, por parte del Banco de Santander en 1993.
                Goldman Sachs, por su parte (real propietaria de Azora y, por tanto, de EnCasaCibeles) destaca tanto por su enorme volumen de activos, como por su cercanía al poder político. Gran parte de los más altos dirigentes de la Casa Blanca han estado vinculados con esta firma de inversión transnacional, como Steven Mnuchin, secretario del Tesoro de Trump, que es el tercer banquero de esta entidad en que se encarga de las cuentas de la primera economía del planeta en 25 años.
                Como afirmaba en una entrevista el consejero delegado de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, en 2009, en plena crisis subprime, “hacemos el trabajo de Dios”. Un trabajo que el propio Blankfein resumía así: “Hacemos mil operaciones de compraventa por minuto. Podéis llamarnos un casino. Pero es un casino muy importante para la sociedad”. Por la actuación de este casino, la revista Rolling Stone, definió, en un célebre artículo, a Goldman Sachs como un “gran calamar vampiro que envuelve la cara de la humanidad de forma implacable y que chupa la sangre de cualquier cosa que huela a dinero”.
                Y la vivienda pública española, ya lo hemos visto, huele a dinero para los grandes fondos de inversión internacionales. Algo que no sólo pone en cuestión la concepción de lo público que puedan tener nuestros  dirigentes políticos, sino también su concepto de la soberanía nacional. A lo mejor resulta que tanto lloro y lágrima fácil sobre el independentismo catalán no es otra cosa que una forma de encubrir la gran venta de saldo de los activos más preciados de la economía española, que están pasando a manos de los grandes especuladores globales, hipotecando nuestro futuro.
                Un futuro oscuro que se vuelve un lóbrego presente en el caso de las personas  que tienen que sufrir en sus carnes, en lo relativo, por ejemplo, a su derecho a la vivienda, esta actuación inmisericorde de los grandes tiburones de las finanzas globales. Como nos cuenta  Montse, una de las habitantes de uno de los bloques vendidos por el IVIMA a EnCasaCibeles, entrevistada para la realización de este artículo:
“Ahora mismo están enviando cartas por finalización de contrato a los que estamos de alquiler. Sobre todo a personas que pagan. Me temo que es porque piensan que si tienes dinero, no tendrás derecho a justicia gratuita y esto te echara atrás. En realidad a mucha gente le ocurre esto. Por otro lado hay algunas órdenes de desahucio por impago y los que tienen opción a compra también están recibiendo cartas diciendo que se les ha acabado el plazo de ejercerla. Yo tuve una denuncia por final de contrato y la juez desestimó el caso diciendo que son pisos de protección oficial y mientras yo tenga la misma situación que cuando se me adjudicó y cumpla, tengo derecho a estar aquí. Sé que ellos pueden recurrir la sentencia, sé que no se van a dar por vencidos. Yo tampoco.
No hay ningún proceso de negociación con nosotros, sólo quieren echarnos. Ni siquiera con los que tienen opción a compra. Les ponen un montón de trabas. Y la Comunidad de Madrid sigue aferrándose a que la venta fue legal y necesaria para las arcas públicas. No se acuerda de las personas a las que engañó y no da ninguna solución.”
¿Soluciones? A este proceso acelerado de desposesión que pone en cuestión los mecanismos de redistribución que fundamentarían el Estado Social, tanto como la soberanía nacional y las condiciones de vida de la clase trabajadora, sólo se puede oponer la acción concertada de los organismos de defensa de las clases populares  y la solidaridad y apoyo mutuo de quienes queremos vivir vidas con sentido. La autoorganización y empoderamiento popular, como única salida viable para lograr imponer a los tiburones globales de las finanzas y a los políticos y gestores a su servicio, soluciones efectivas que abran el camino a un rediseño completo de nuestra vida social, y, con ella, de los mecanismos de  acceso a la vivienda de las clases populares.  Os dejamos con Montse, y con su lucha. Una de esas luchas que deberíamos apoyar todos y todas:
“Nosotros seguimos organizados en AVVI (Asociación de Afectados por la Venta de Viviendas del IVIMA), esperando que el juicio avance y sabiendo que seguramente vamos a pasar todos los que resistamos, por un proceso civil de desahucio. De momento el hecho de que exista la causa penal, hace que muchos jueces no desalojen, porque no quieren entrar en contradicción con lo que luego salga. Seguimos manifestándonos, seguimos mandando notas de prensa, recordando que estamos aquí, que el problema sigue sin solución. Esto es un resumen de lo que ocurre, sólo luchando conseguiremos algo. Saludos.”

José Luis Carretero Miramar.








Unos nuevos comunales para el campo


                UNOS NUEVOS COMUNALES PARA EL CAMPO. (publicado en el periódico El Salto)


                Pese a los impactantes episodios represivos de estas últimas semanas no está mal dedicarle algún tiempo a la ensayística de fondo, la que te hace crecer intelectualmente, la que te genera preguntas y te obliga a investigaciones propias. En mis manos ha caído un libro de ese tipo. Corto, vibrante, pero con mucha miga. Se trata de “La defensa de los comunales” de César Roa Llamazares, publicado por Catarata.
                El libro es un texto serio, riguroso, breve y directo. Combina la erudición y la bonhomía que acompañan a César allí donde va. Y, sobre todo, nos obliga a plantearnos elementos centrales de nuestra comprensión clásica del mundo rural desde una perspectiva fundamentada y no acríticamente idealizadora.
                El hilo conductor del libro son las resistencias opuestas  en el siglo XIX a la destrucción de los regímenes de propiedad rural comunal en todo el mundo. La emergencia de determinadas líneas políticas y sociales vinculadas con el llamado “populismo agrario”, representado por figuras como Henry George, Herzen  o Joaquín Costa que enfrentaron, de manera dispersa pero decidida, el proceso de expolio de los comunales, una forma de gestión colectiva de determinados recursos rurales que se habían convertido, en el previo escenario del Antiguo Régimen,  en elementos estratégicos para la supervivencia de las comunidades campesinas. El proceso de los enclosures (el cercamiento de las tierras en manos de la producción familiar de subsistencia junto al expolio acelerado de los comunales)  dio lugar al éxodo rural en dirección a las ciudades que garantizó en estas  la mano de obra jurídicamente libre y hambrienta que permitió, junto al creciente excedente agrícola  y comercial dispuesto a ser invertido, el nacimiento del modo de producción capitalista.  Este proceso vino acompañado, en el Estado Español, de las llamadas desamortizaciones, que pusieron masivamente la tierra y los recursos de las comunidades aldeanas en manos de algunos elementos de la  naciente clase burguesa, así como de las familias aristocráticas.
                La pervivencia de la conciencia de la importancia de estas fuentes de tenencia colectiva de tierras y recursos rurales para la vida campesina, puede rastrearse aún hoy en día en la supervivencia de regímenes como el de los montes en mano común de Galicia o en la influencia que un teórico internacional de la autogestión obrera, como Abraham Guillén, reconocía, en los años 90,  que había tenido en su pensamiento su relación infantil con los montes comunales de su localidad de nacimiento (Corduente, Guadalajara) a cuyo cuidado había contribuido de niño.
                Pero César Roa va más allá: no sólo hace el recuento del proceso de expolio de los comunales, sin idealizar innecesariamente su praxis efectiva, sino que, además, plantea una provocadora tesis respecto a la relación de las izquierdas con el campo.
                Y es que la visión socialista y colectivista de la izquierda sobre el mundo rural, teñida además de la metafísica del desarrollo y el tecnologismo acríticos, ha desconocido en muchas ocasiones la textura real de lo que podría ser una forma ecológica y sostenible de desarrollo agrario.
                Entendámonos: la izquierda de los siglos XIX y XX, pese a su vinculación sentimental con las formas comunales de gestión, ha defendido generalmente la tesis de que, para el pleno desarrollo de las fuerzas productivas en el ámbito agrario, y el aumento de la productividad producto de la utilización de la tecnología agrícola, era necesario el proceso, que el capitalismo estaba desarrollando, de concentración de la tierra en pocas manos, generando fincas mayores y más competitivas.
La idea de la generación de grandes granjas, al estilo de las fábricas urbanas, donde pudieran ponerse en funcionamiento  todos los procesos tecnificados que la ciencia agraria recomendaba, aumentando la productividad, ha estado en la base de la comprensión de socialista de la agricultura que, a falta de socialización o colectivización de dichas granjas por un proceso revolucionario, ha saludado históricamente el proceso de mercantilización de la tierra implementado por el capitalismo como el dinamizador del necesario desarrollo ampliado de las fuerzas productivas que estaba construyendo la infraestructura material del socialismo futuro.
Esta idea podía acompañar un proceso de movilización del proletariado rural allí donde el proceso de concentración de la tierra ya había sido operado, generando grandes latifundios, en muchos casos fuertemente  improductivos por la mala gestión de terratenientes incapaces o absentistas, como en la mayor parte de Andalucía. Los jornaleros sin tierra podían fácilmente imaginar la colectivización del latifundio y su gestión colectiva como alternativa socialista. Que esta gestión iba a verse acompañada de un aumento de la productividad y del desarrollo ulterior de nuevos servicios para las familias campesinas (como ha ocurrido en la localidad de Marinaleda) era algo evidente, dado el abandono y la desidia de la clase dirigente local y la profundidad de los procesos de autoorganización del proletariado rural.
                Sin embargo, en los lugares donde los tipos de cultivo y la historia previa habían generado una hegemonía de las formas de la pequeña propiedad familiar de la tierra, la alternativa de la izquierda fue vista con una enorme desconfianza. No podía ser de otro modo, ya que, en cierta manera y a los ojos de las comunidades rurales, lo que hacía era legitimar el proceso de expolio que estas estaban sufriendo a manos de los terratenientes y prestamistas. Y, en última instancia, y si llegamos al momento actual, de las grandes multinacionales del agro business.
                Así, en lugares como Castilla o Galicia, la alternativa de la izquierda, que había olvidado los comunales y llamaba a la colectivización de la pequeña propiedad, contribuyó a enajenar toda posible simpatía del campo con la propuesta socialista, y a vincular a los sectores agrarios con las fuerzas de la derecha y el conservadurismo. Que dirigentes del falangismo de primera hora como Ramiro Ledesma vinieran del mundo del asociacionismo agrario castellano, mientras el anarcosindicalismo tenía sus feudos entre los jornaleros gaditanos o sevillanos no era casualidad.
                Sin embargo, quizás la clave que permita solucionar esta dicotomía entre la izquierda y la propiedad familiar campesina sea más ideológica que real. Y esté, precisamente, en el concepto de los bienes comunales.  César Roa apunta esta solución, aunque no la desarrolla (esperamos una próxima entrega), haciendo hincapié en un elemento naciente de la conciencia política de la izquierda que la articula con la cosmovisión del mundo rural: la perspectiva ecológica.
                Así, frente a la alternativa de la mercantilización creciente del campo, vehiculada por fenómenos como la posible ratificación del CETA por la Unión Europea (el Tratado de Libre Comercio con Canadá, de efectos futuros realmente perniciosos para el agro español), cabe la posibilidad de plantear una alternativa basada en la sostenibilidad ambiental y la articulación social, incluso en las zonas donde predomina la pequeña propiedad familiar. Y el elemento central de esa alternativa es el concepto de los bienes comunales.
                Bienes y recursos comunales que, desde esta perspectiva, no se agotan en la propiedad colectiva de una serie de montes o en una serie de derechos de uso de los productos de esos montes, sino que alcanzan, partiendo de una conceptualización extensiva como recursos colectivos para uso de toda la colectividad campesina, a constituirse en el armazón de una forma de desarrollo sostenible y ecológica para el campo.
                Estamos hablando de alternativas factibles como la articulación de formas cooperativas de distribución de la producción agraria en vinculación directa con formas de cooperativismo de consumo en la ciudad, promoviendo circuitos cortos de distribución y el desarrollo local; mecanismos de ayuda mutua en el trabajo estacional entre las unidades campesinas o de tenencia colectiva de aperos y maquinaria agrícola; financiación cooperativa y responsable socialmente, como la que articulan organismos como Coop57, pero extensible a la pequeña propiedad rural (¿Para cuándo un Banco de la Cooperación y la Participación para todo el tejido cooperativo, de economía social y de trabajo autónomo y de propiedad familiar de este país?). Generación de un sector industrial cooperativo para las actividades de transformación de la producción agraria, ayudando al control de la totalidad de las cadenas de valor por la propiedad social y familiar, contra la extensión de las transnacionales y la pérdida de la soberanía alimentaria.  Ayudas  públicas al desarrollo agrario no vinculado a la exportación al mercado mundial, sino a la articulación social de zonas agrarias despobladas y empobrecidas como la llamada “Siberia castellana” o zonas montañosas de La Rioja.
                La constitución de toda una nueva red de bienes comunes, de nuevo tipo, que articulen la vida campesina de una forma que garantice un desarrollo ampliado desde el punto de vista humano, al tiempo que una relación sostenible con los recursos naturales y la biosfera. Promoviendo la colectivización de la tierra allí donde es la solución adecuada, pero respetando a las comunidades campesinas allí donde la propiedad familiar es la alternativa más adaptada ecológica y socialmente. Favoreciendo la integración y el desarrollo de las gentes que viven en el campo y la recuperación de la soberanía efectiva sobre nuestra tierra.

José Luis Carretero Miramar


               








Amores perros: movimientos, autonomía, institución

Encuentro
«Amores Perros: movimientos, autonomía, institución» Otoño Zapatista
Sábado, 21. Octubre 2017 - 19:00 - 21:00
Con la participación de Pablo Carmona, concejal por Ahora Madrid; José Luis Carretero, abogado y escritor; una integrante del colectivo Y Retiemble.
Como parte de unas jornadas enmarcadas en el “Otoño Zapatista. Otra política desde la autonomía indígena”, queremos pensar, hablar y reflexionar también de nuestra propia “geografía” sobre esa compleja y casi siempre difícil relación entre movimientos, autonomía e institución.
Que los tiempos que vivimos lo merecen...