martes, 15 de mayo de 2012

El anarquismo y yo.



                EL ANARQUISMO Y YO.
                Últimamente se alzan voces que reclaman “pasar cuentas” a quienes se denomina “anarquistas de Estado”. Gentes malévolas, estos “anarquistas pro-Estado”, que defienden algo tan contradictorio para el movimiento libertario como los servicios sociales públicos. Traidores de una clase especial, que quieren hacer algo tan “antianarquista” como proteger los intereses inmediatos de la clase trabajadora en el momento de la historia reciente en que son más duramente  atacados.
                ¿Por qué defender los servicios sociales si podemos hacer feroces proclamas, perfectamente intrascendentes, sobre una Revolución siempre futura y absolutamente perfecta que, sin embargo, nunca preparamos?
                ¿Por qué insertarnos en las luchas de masas de la clase trabajadora si podemos (debemos, éticamente, según parece) ser perfectamente irrelevantes, una vez más?
                Por supuesto, lo que late detrás de esta discusión es una clara diferencia a la hora de interpretar lo que es el anarquismo. Un desencuentro esencial y de raíz, en el que uno de los lados, o quizás los dos,  pueden estar equivocados.
                Sabiendo que la razón es esquiva y que lo que uno ha leído ha visto en su trayectoria vital puede ser una ilusión o una mentira. Sabiendo que, al fin y al cabo, el error es tremendamente humano, y que sólo un debate honesto y sincero puede, a lo mejor, aclarar un poco las cosas, intentaré (yo, que según parece, soy uno de esos malévolos “anarquistas de Estado” que tanto mal quieren hacer) explicar un poco mi relación con eso que llaman “anarquismo”.
                En primer lugar debo aclarar que, probablemente, yo no soy anarquista. No lo soy, desde luego, en el sentido que muchos dan a ese término. Sólo me he sentido identificado con él, en algunas ocasiones, por razones muy concretas. Y esas razones son, precisamente, las que voy a explicar ahora.
                Llamado, por mis lecturas adolescentes y por el contacto con las gentes que, a mi alrededor, habían tenido algo que ver con el movimiento libertario, yo entendí, desde mi juventud y con mi limitada capacidad intelectual, que el anarquismo tenía una serie de características que, entre otras no menos importantes, podían ser las siguientes:
                -En primer lugar, el anarquismo era una ideología que defendía los intereses de la clase obrera. La relación del movimiento libertario con la clase trabajadora no era episódica ni circunstancial. El anarquismo nació, en las montañas suizas, de la confluencia  entre un revolucionario ruso y los obreros de la Federación del Jura. Desde el primer momento estuvo íntimamente relacionado con la Internacional. Era una de las ramas principales del movimiento socialista, con todas las implicaciones que ello comporta.
                ¿Implicaciones? La CNT era un sindicato. De hecho era, como me dijo Alfonso Alvarez hace poco que decían los ancianos de su pueblo, “El Sindicato”. El anarquismo era un movimiento de clase. Incluso, cuando se decía que el anarquismo trascendía los intereses proletarios, para atraer a otros sectores, no por ello se insinuaba siquiera que se debía de abandonar la organización de la clase trabajadora.
                Además, los intereses a defender eran tanto los “finales” como los “inmediatos”. Y este, precisamente, era uno de los elementos definitorios del movimiento libertario: esa flexibilidad entre reivindicaciones salariales e intentonas revolucionarias. Defender a la clase era defender sus reivindicaciones: de salario, ahora; de servicios sociales (salario indirecto), también ahora; de control obrero de la producción y los servicios colectivos, a la mayor brevedad; de otro tipo de sociedad, en cuanto se pudiese.
El anarquismo organizaba a la clase trabajadora para defenderse, en el seno de la sociedad de clases existente, de la explotación y la opresión. Tanto a nivel inmediato (sindicalismo) como a largo plazo. El anarquismo no esperaba al Juicio Final Revolucionario para actuar. Defendía a las gentes de carne y hueso en sus necesidades vitales inmediatas, y acumulaba fuerzas para hacer la Revolución en cuanto hubiera la ocasión. Así de sencillo.
-Además, el anarquismo defendía la cultura. También, así de sencillo. Defendía el conocimiento, la ciencia, el pensamiento libre y fundamentado. Trataba de extender todo lo posible la educación entre la clase trabajadora. Los libros, el debate, la relación con los artistas e intelectuales comprometidos, eran cosas importantes. Había que leer mucho para ser un anarquista “de pro”. La formación era inexcusable. Había quien llevaba los folletos para leerlos en  su descanso del andamio, quienes se iban a las bibliotecas y ateneos después de jornadas de más de diez horas de trabajo.
-Por otra parte, el anarquismo era, al fin y al cabo, el elemento más acabado de la evolución del libre pensamiento europeo. Era la conclusión lógica de la línea humanista recuperada en el Renacimiento. La crítica de la religión y el ateísmo tenían algo que ver con todo esto. Algo que no era, precisamente, circunstancial ni esporádico. El anarquismo derivaba del pensamiento de Spinoza o D´Holbach, en el sentido de que incorporaba una cosmovisión profundamente materialista y antiteológica del mundo. Estaba lejos, por tanto, de la ascética cristiana y de la apología del sufrimiento de quienes creen que existe otra vida perfecta en algún otro lugar no material.
-Por último, y entre otras cosas (estoy sacando sólo los temas que me parecen más relevantes para la discusión que encaramos), el anarquismo pretendía hacer una Revolución, transformar el mundo (aunque no se lo crean, esto también derivaba del ateísmo). No tenía, por tanto, el menor interés en ser irrelevante, en no existir, en ser marginal y vegetar apartado. Sus gentes intentaban despuntar en la lucha diaria de la clase trabajadora, y en la poesía, la música, la biología, la geografía…En todo lo que pudieran, Sus organizaciones intentaban crecer, operar en el centro de las luchas de las masas, acompañar en sus victorias y derrotas a las multitudes proletarias. El anarquismo no era una teodicea laica que permitiera esconderse en un rincón para ser ferozmente puros, mientras el mundo y la vida se desplegaban al margen intocados. El anarquismo quería intervenir.
Por supuesto, puede que esté equivocado, que mis análisis fueran totalmente erróneos, que el anarquismo nunca fuera eso. Es más, un parte del movimiento libertario actual podría decir (y dice) sobre estos temas cosas como las siguientes:
-La clase obrera no existe. Es inútil, brutal, garbancera, traidora. Son una panda de fachas, y además se dejan explotar porque quieren. No tenemos nada que ver con ellos. Sus reivindicaciones inmediatas nos generan repulsión, su “Revolución del trabajo” no es otra cosa que otro tipo de cadenas.
-La cultura es tortura. No hay que saber demasiadas cosas. Todo lo que se ha escrito, lo han escrito los burgueses. Todo lo que se escribe ahora, lo escriben profesores-funcionarios-mercenarios (curiosamente menos lo que nos da la razón, que ya da igual quien lo escriba). Mejor leer sólo lo nuestro. Lo que no genera dudas. Una cultura amplia es una demostración de pertenencia al enemigo. Para ser anarquista no hace falta leer. La ciencia no vale: la espiritualidad sí.
-El materialismo es insano, putrefacto. El libre pensamiento es burgués y liberal. Los santos y los intérpretes nos enseñan el camino. La imagen de la sociedad futura es un convento o un ashram ¿Dios y fueros viejos?
-Esperad, buscad la verdad. Ya haremos algo cuando hayamos sido iluminados. Lo importante es separarse, diferenciarse de la masa. Ser distintos a nuestros familiares, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo. Estar separados y juzgarles. No son dignos de nosotros. Nosotros tampoco somos dignos de nuestro alto ideal. No es importante estar en el centro de la acción, porque allí todo es impuro. Separarse y buscar la verdad, y ser espirituales y limpios. Nada que ver con la chusma.
Por supuestos, en mis paseos y recorridos por el mundillo anarquista también he encontrado obreros honestos, sindicalistas luchadores, mujeres que buscaban ser personas, fueran madres o no, gentes de amplia y extensa cultura.
Pero ya les digo, igual estoy equivocado y nunca he sabido que es el anarquismo. Igual no soy anarquista, aunque esto último la verdad es que me da igual.
Yo tengo claro lo que defiendo.

José Luis Carretero Miramar.